IV.- Anarquia sin adjetivos

ANARQUÍA SIN ADJETIVOS



Barcelona, 7 de agosto de 1890
Compañeros de La Révolte:

Quisiera explicar con claridad la idea que me hago de la táctica revolucionaria de los anarquistas franceses; por ello se debe que, no pudiendo escribir una serie de artículos como haría falta, os envío esta carta. De ella sacaréis lo que contenga de bueno.
La decisión revolucionaria no ha faltado nunca en el carácter francés, habiendo demostrado los anarquistas, en infinidad de circunstancias, que no carecen de propagandistas y de revolucionarios. El número de adherentes es bastante grande y... con grandes pensadores, propagandistas decididos y adeptos entusiastas, Francia, en verdad, es el país donde se producen menos actos importantes para la anarquía, Esto es lo que me hace pensar. He aquí por qué os he dicho que creía que vuestra táctica revolucionaria no era buena. Nada fundamental divide a los anarquistas franceses de los anarquistas españoles y, sin embargo, en la práctica, nos encontramos a gran distancia. Todos nosotros aceptamos la anarquía como la integración de todas las libertades y su sola garantía; como la impulsión y la suma del bienestar humano. No más leyes ni represioness; desarrollo espontáneo, natural en todos los actos. Ni superiores ni inferiores, ni gobiernos ni gobernados. Anulación de toda distinción de rango; solamente seres conscientes que se buscan, que se atraen, discuten, resuelven, producen, se aman, sin otra finalidad que el bienestar común. Así es como todos concebimos la anarquía, como todos concebimos la sociedad del porvenir; y es para la realización de ese concepto que trabajamos todos. ¿Dónde, pues, están las diferencias?
Según me parece, vosotros, extasiados por la contemplación del Ideal, os habeis trazado una línea de conducta ideal, un puritanismo improductivo, en el cual malgastais cantidad de fuerzas, que podrían hacer desaparecer a los más fuertes organismos y que, así mal empleadas, nada producen. Olvidais que no estais rodeados por seres libres, celosos de su libertad y de su dignidad, sino por esclavos que esperan ser liberados. Olvidais que vuestros adversarios están organizados y todos los días procuran fortalecerse más para continuar imperando. Olvidais, en fin, que aun los que trabajan para el bien viven en la desorganización social actual y están llenos de vicios y prejuicios.
De todo esto se deduce que aceptais una libertad absoluta y todo lo esperais de la iniciativa individual, llevada a un punto tal en que ya no hay pacto o acuerdo posibles. Sin acuerdos, sin reuniones en las cuales se tomen resoluciones, lo importante y esencial sería que cada cual haga lo que más le plazca. Con el resultado de que si alguien desea hacer algo bueno, carece de lugar para reunirse con todos los que piensan como él, con el fin de exponer su iniciativa, escuchar sus consejos y aceptar su concurso; debe hacerlo todo por sí mismo o no hacer nada.
De este modo, crear comisiones para trabajos administrativos, o fijar contribuciones para hacer frente a tal o cual necesidad, sería una imposición. De manera que si un compañero o un grupo quiere relacionarse con todos los anarquistas de Francia o del mundo para una determinada idea, no puede hacerlo y debe renunciar a la idea. Todo cuanto no sea la revolución social sería así una tontería. ¿Preocuparse los anarquistas porque los salarios se vuelvan aún más insuficientes, porque la jornada de trabajo se alargue, porque se insulte a los obreros en los talleres o porque las mujeres sean prostituidas por los patronos? Vuestro criterio es que mientras dure el régimen burgués esas cosas ocurrirán siempre y sólo hay que preocuparse por la meta final. Procediendo así ocurre que la mayoría de los proletarios que sufren y creen en una liberación próxima no hacen caso a los anarquistas.
Si continuara podría amontonar ejemplos, que nos llevarían siempre al mismo resultado: impotencia. No porque vosotros carezcais de elementos, sino porque están dispersos, sin conexión entre ellos.
En España seguimos una táctica completamente diferente, que a no dudar para vosotros será una herejía digna de la mayor excomunión, una práctica falaz que debe separarse del campo de acción anarquista. No obstante, creemos que solamente de este modo podremos hacer penetrar nuestras ideas en el seno del proletariado y deshacernos del mundo burgués. Al igual que vosotros, deseamos la pureza del programa anarquista. Nada hay tan intransigente y categórico como las ideas. No admitimos términos medios y ninguna clase de atenuantes. Por eso en nuestros escritos tratamos de ser tan explícitos como podemos. Nuestro norte es la anarquía, el punto que deseamos alcanzar y hacia el cual dirigimos nuestra marcha. Pero en nuestro camino hay toda clase de obstáculos y para despejarlo empleamos los medios que nos parecen mejores. Si no podemos adaptar nuestra conducta a nuestras ideas, lo hacemos saber, tratando así de acercarnos lo más posible al Ideal. Hacemos lo que haría un viajero que quisiera ir a un país de clima templado y para llegar a él debiera atravesar los trópicos y las zonas glaciares: iría provisto de ropa liviana y de buenas mantas, que dejará a un lado llegado a destino. Sería estúpido y también ridículo querer pelear a puñetazos contra un enemigo tan bien armado.
De los expresado procede nuestra táctica. Somos anarquistas y expresamos la anarquía sin adjetivos. La anarquía es un axioma y la cuestión económica algo secundario. Se nos objetará que es por la cuestión económica que la anarquía es una verdad. Pero nosotros creemos que ser anarquista significa ser adversario de toda autoridad e imposición y, por consecuencia, sea cual sea el sistema que se preconice, es por considerarlo la mejor defensa de la anarquía, no deseando imponerlo a quienes no lo aceptan.
Lo que no quiere decir que pongamos de lado la cuestión económica. Al contrario, nos agrada discutirla, pero solamente como una aportación a la solución o soluciones definitivas. Cosas excelentes han dicho Cabet, Saint-Simon, Fourier, Robert Owen y otros; pero todos sus sistemas han desaparecido porque querían encerrar a la Sociedad en los conceptos de sus cerebros, aunque mucho de bueno hicieran para el esclarecimiento de la gran cuestión.
Observad que desde el instante en que proponeis delinear la sociedad futura por un lado surgen las objeciones y las preguntas a los adversarios; y por el otro, el deseo natural por hacer una obra completa y perfeccionada nos llevará a inventar y trazar un sistema que, de ello estamos seguros, habrá de desaparecer como los otros.
Del individualismo anarquista de Spencer y otros pensadores burgueses, hasta los anarquistas-individualistas socializantes –no encuentro otras expresiones- hay una gran distancia, como ocurre entre los anarquistas colectivistas españoles de una región a otra; entre los mutualistas ingleses y norteamericanos, los comunistas libertarios, etc.
Kropotkin, por ejemplo, nos habla de la aldea industriosa, reduciendo su sistema, o si se quiere su teoría, a la reunión de pequeñas comunidades que producen lo que quieren, el actual progreso de la civilización. En cambio Malatesta, que también es comunista libertario, desea la construcción de grandes organizaciones intercambiando sus productos, que aún habrán de aumentar la potencia creadora y la asombrosa actividad de este siglo XIX, exenta de toda acción nociva.
Cada persona inteligente señala y crea rutas nuevas para la sociedad futura, haciendo adeptos por fuerza hipnótica –si así se puede decir-, sugestionando a otros cerebros con estas ideas. Todos, en general, tenemos sobre esto nuestro plan particular.
Convengamos, pues, como casi todos hemos hecho en España, en llamarnos simplemente anarquistas. En nuestras conversaciones, en nuestras conferencias y en nuestra prensa, discutamos sobre las cuestiones económicas, pero nunca las mismas deberían ser causa de división entre los anarquistas. Para el desarrollo de la propaganda, para la conservación del Ideal, tenemos necesidad de conocernos y vernos, debiendo para esto constituir grupos. En España los hay en casi todas las ciudades, pueblos y aldeas donde hay anarquistas. Son la fuerza impulsora de todo movimiento revolucionario. Los anarquistas no tienen dinero ni medios fáciles para procurárselo; para obviar esto, la mayoría de nosotros se ha impuesto una pequeña contribución semanal o mensual.
Procediendo así, podemos mantener las relaciones necesarias entre todos los asociados y podríamos tenerlas con toda la Tierra, si los otros países tuviesen una organización como la nuestra. En nuestros grupos no hay autoridad. Ponemos a un compañero como secretario para recibir la correspondencia, a otro como cajero, etc. Cuando son ordinarias, las reuniones se hacen cada semana o cada quince días; si son extraordinarias, cuantas veces sea necesario. Para ahorrar gastos y trabajo, y también como medida de prudencia en caso de persecución, se crea una comisión de relaciones a escala nacional. La que no toma iniciativas. Quienes la componen deben dirigirse a su grupo si desean hacer proposiciones. Su misión es la de hacer conocer a todos los grupos las resoluciones y proposiciones que se le comuniquen desde uno o varios grupos, tomar nota de todas las direcciones que se le comunican y enviarlas a los grupos que las solicitan, para ponerse en relación directa con otros.
Tales son las líneas generales de la organización que fue aceptada en el congreso de Valencia y de la que hablasteis en La Révolte. El bien que produce es inmenso. Es el que mantiene vivas las ideas anarquistas. Pero, estad seguros, si redujéramos nuestra acción a la sola organización anarquista, obtendríamos poca cosa. Acabaríamos por transformarla en una organización de pensadores discutiendo sobre ideas, que con seguridad degeneraría en una sociedad de metafísicos discutiendo sobre palabras. Algo y mucho de esto os ocurre a vosotros en Francia. Al emplear vuestra actividad solamente para discutir sobre el Ideal, acabais discutiendo sobre el significado de los vocablos. Unos os llamais egoístas y otros altruístas, para querer ambos la misma cosa; u os llamais comunistas libertarios los unos y los otros individualistas, para en el fondo expresar las mismas ideas.
No debemos olvidar que la mayoría de los proletarios está obligada a trabajar un número excesivo de horas, que se encuentra en la mayor miseria y que, por consecuencia, no puede comprar libros de Buchner, Darwin, Spencer, Lombroso, Max Nordau, etc., de los cuales apenas si conoce los nombres. Y si aun el proletario pudiese procurarse libros, carece de estudios preparatorios de física, química, historia natural y matemáticas necesarios para comprender bien lo que se lee. Tampoco tiene tiempo para estudiar con método ni su cerebro está lo bastante ejercitado para poder asimilar bien estos estudios. Hay excepciones como la de Esteban en Germinal. Sedientos por saber, devoran cuanto pueden leer, pero casi nada retienen.
Nuestro campo de acción no está solamente en el seno de los grupos, sino en medio del proletariado.
Es en las sociedades de resistencia donde estudiamos y preparamos nuestro plan de lucha. Estas sociedades existirán mientras dure el régimen burgués. Los trabajadores que no son escritores, poco se preocupan de si existe o no libertad de prensa. Los trabajadores que no son oradores, poco se ocupan de la libertad de reunión. Consideran que las libertades políticas son cosa secundaria, pues todos desean mejorar su condición económica en el presente, sacudiendo el yugo de la burguesía. Debido a esto habrá sindicatos y sociedades de resistencia mientras persista la explotación del hombre por el hombre. Aquí está nuestro lugar. Abandonando a los proletarios como vosotros habeis hecho en Francia, caen presa de cuatro vividores que hablan a los trabajadores de socialismo científico o practicismo, posibilismo, colaboracionismo, amontonamiento de capitales para sostener huelgas pacíficas, solicitudes de ayuda y apoyo a las autoridades, etc., con el fin de adormecerlos y frenar su impulso revolucionario. Si los anarquistas estuviesen en estas sociedades, al menos impedirían que los adormecedores hicieran propaganda contra nosotros. Y si además ocurriese, cual pasa en España, que los anarquistas fuesen los miembros más activos de dichas sociedades, los que hacen todo el trabajo necesario sin retribución alguna, contrariamente a dichos adormecedores que explotan a los proletarios, ocurriría que estas sociedades estarían siempre de nuestro lado. En España son estas sociedades las que, todas las semanas, compran periódicos anarquistas en gran cantidad para distribuirlos gratis a sus miembros; son estas sociedades las que dan el dinero para sostener nuestras publicaciones y para socorrer a los prisioneros y a los perseguidos. Por nuestra conducta mostramos en estas sociedades que luchamos por amor a nuestras ideas. Además, vamos a todas partes donde hay obreros e incluso a donde no los hay, cuando creemos que nuestra presencia puede ser útil a la causa de la anarquía. Así es como en Cataluña (y ahora también ocurre en las otras regiones de España) no existe un municipio en donde no hayamos creado, o al menos ayudado a crear, corporaciones con el nombre de círculos, ateneos, centros obreros, etc., que sin llamarse anarquistas y sin serlo realmente, simpatizan con nuestras ideas.
Allí damos conferencias puramente anarquistas, propagando en las reuniones musicales o literarias nuestros trabajos revolucionarios. En estos lugares, sentados en la mesa del café, discutimos y nos vemos todas las noches. O estudiamos en la biblioteca.
Es en sitios así donde instalamos las redacciones de nuestros periódicos y los que llegan como canje van a parar al salón de lectura. Todo esto con una organización libre y casi sin gastos. Por ejemplo, en nuestros círculos de Barcelona no se está obligado a ser socio; lo son quienes quieren y la contribución de 25 céntimos al mes es también voluntaria. De los tres mil obreros que vienen a nuestros locales, solamente trescientos son socios. Podríamos afirmar que estos locales son los focos de nuestras ideas. Sin embargo, aunque el gobierno ha buscado siempre pretextos para cerrarlos, no lo ha logrado, pues no se rotulan anarquistas y tampoco es en ellos donde se tienen las reuniones específicas. Nada se hace en dichos lugares que no se haría en no importa qué café público; pero como allí van a menudo todos los elementos activos, a menudo surgen grandes cosas. Y esto sin formulismos, saboreando una taza de café o un vaso de aguardiente.
Tampoco olvidamos a las sociedades cooperativas de consumo. En casi todos los pueblos de Cataluña, excepto en Barcelona, donde es imposible a causa de las grandes distancias y del modo de vivir, se han creado cooperativas de consumo. Allí los obreros encuentran comestibles más baratos y de mejor calidad que en las tiendas minoristas; y esto sin que ninguno de los socios mire a la cooperación como meta final, sino solamente como un buen medio que debe aprovechar. Hay sociedades coooperativas que hacen grandes compras y que tienen un crédito de cincuenta o sesenta mil pesetas. Han sido de gran utilidad en la huelga, dando créditos a los obreros. En los ateneos de los señores –o de los sabios, cual se los llama- se discute sobre el socialismo; entonces van dos compañeros a inscribirse como miembros (si no tienen dinero se lo da la corporación) y sostienen allí nuestro Ideal.
Lo mismo hace nuestra prensa. Nunca deja de lado las ideas anarquistas; pero da cabida a manifiestos, comunicaciones y noticias que, aunque puedan parecer sin importancia, sirven, sin embargo, para hacer penetrar nuestro periódico y con él nuestras ideas en los pueblos o en los círculos que no las conocían. He aquí nuestra táctica y creo que, si se la adoptase en otros países, pronto verían los anarquistas ampliarse su campo de acción.
Pensad que en España la mayoría no sabe leer y, sin embargo, se publican seis periódicos anarquistas, libros, folletos, etc., en gran cantidad. Continuamente se dan mítines y, sin que tengamos grandes propagandistas, se producen hechos muy importantes.
En España, la burguesía es despiadada y rencorosa, no pudiendo sufrir que alguien de su clase simpatice con nosotros. Cuando algún hombre de posición se pone de nuestro lado, se le saca enseguida todo medio de vida, obligándole a que nos abandone, de manera que sólo puede ayudarnos en privado. Al contrario, la burguesía le da cuanto desea si se aleja de nosotros. Por consiguiente, todo el trabajo a favor de la anarquía reposa en los hombros de los trabajadores manuales, que por él deben sacrificar sus horas de descanso.
Si en Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Bélgica y América del Norte, donde hay un número bastante grande de buenos elementos, se cambiase de táctica ¡qué progreso haríamos!
Creo haber dicho bastante para hacerme comprender de vosotros.
Vuestro y de la revolución social.

Fernando Tarrida del Mármol

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