I.- La Plataforma Anarquista

PLATAFORMA DE ORGANIZACIÓN DE LA UNIÓN GENERAL DE ANARQUISTAS (PROYECTO)


Introducción

Es muy significativo que, a pesar de la fuerza y el carácter indudablemente positivo de las ideas libertarias, de la pureza y de la integridad de las posiciones anarquistas frente a la revolución social y, por último, del heroísmo y los innumerables sacrificios aportados por los anarquistas en la lucha por el comunismo libertario, el movimiento anarquista haya seguido siendo débil, y haya figurado, la mayor parte de las veces, en la historia de las luchas de la clase obrera como un pequeño suceso, como un episodio, y no como un factor importante.
Esta contradicción entre el fondo positivo e innegable de las ideas libertarias y el miserable estado en que vegeta el movimiento anarquista encuentra su explicación en un conjunto de causas entre las que es la más importante la ausencia de principios y de prácticas organizativas en el mundo anarquista.
En todos los países, el movimiento anarquista está representado por algunas organizaciones locales que preconizan una teoría y una táctica contradictorias, sin perspectivas de futuro ni de continuidad en la actividad militante, que desaparecen frecuentemente sin dejar la menor huella.
Tal estado del anarquismo revolucionario, si lo analizamos en su conjunto, no puede calificarse más que como una "desorganización general crónica".
Como la fiebre amarilla, esta enfermedad de la desorganización se introduce en el organismo del movimiento anarquista y lo azota desde hace decenas de años.
Es indudable que esta desorganización tiene su origen en algunos defectos de orden teórico, especialmente en la falsa interpretación del principio del individualismo en el anarquismo. Este principio se ha confundido demasiado a menudo con la ausencia de responsabilidad. Los aficionados a afirmar su "yo" únicamente para su disfrute personal se centran, con obstinación, en el estado caótico del movimiento anarquista y se refieren, para defenderlo, a los principios inmutables del anarquismo y sus maestros.
Pero los principios inmutables y los maestros demuestran justamente lo contrario.
La dispersión es la ruina. La unión estrecha es el motor de la vida y del desarrollo. Esta ley de la lucha social se aplica tanto a las clases como a los partidos.
El anarquismo no es una hermosa fantasía, ni una idea abstracta de filosofía; es un movimiento social de las masas trabajadoras. Por eso hay que reunir las fuerzas en una organización general en constante actuación, como lo exigen la realidad y la estrategia de la lucha de clases.
"Estamos convencidos, dice Kropotkin, de que la formación de un partido anarquista en Rusia, lejos de ser perjudicial para la obra revolucionaria común, es por el contrario deseable y útil al máximo" (prefacio a La Comuna de París de Bakunin, edición de 1892).
Bakunin no se opuso jamás a la idea de una organización anarquista general. Al contrario, sus aspiraciones en lo relativo a la organización así como su actividad en la Primera Internacional nos permiten ver en él a un partidario activo, precisamente, de tal organización.
En general todos los militantes activos del anarquismo combatieron toda acción aislada y pensaron en un movimiento anarquista constituido por la unidad de fines y de medios.
La necesidad de una organización general se hizo sentir más imperiosamente durante la Revolución Rusa de 1917. En ella, el movimiento libertario manifestó el más alto grado de desmembramiento y confusión. La ausencia de una organización general llevó a muchos militantes activos del anarquismo a las filas bolcheviques. A ello se debe que muchos militantes permanezcan actualmente en estado de pasividad, impidiendo toda aplicación de sus fuerzas, a menudo de gran importancia.
Tenemos una necesidad vital de organización que, incluyendo a la mayoría de los participantes en el movimiento anarquista, establezca una línea general táctica y política que sirva de guía a todo el movimiento.
Es tiempo de que el anarquismo salga del marasmo de la desorganización, que ponga fin a las interminables vacilaciones ante las cuestiones teóricas y tácticas más importantes, y que tome con resolución el camino de unos objetivos claramente concebidos, llevando una práctica colectiva organizada.
Sin embargo, no basta con constatar la necesidad vital de esa organización; es necesario, además, establecer el método para su creación.
Consideramos teórica y prácticamente inadecuada la idea de crear una organización según el modelo de la "síntesis", es decir, reuniendo a los representantes de las diferentes tendencias del anarquismo. Una organización así, que haya incorporado elementos teórica y prácticamente heterogéneos no será sino un ensamblaje mecánico de individuos que conciben de maneras diferentes todas las cuestiones del movimiento anarquista, el cual se descompondría infaliblemente a la primera de cambio.
El método anarcosindicalista no resuelve el problema de la organización del anarquismo porque no da prioridad a ese problema, interesándose únicamente por su penetración y fortalecimiento en los medios obreros.
Sin embargo, no se pueden hacer muchas cosas en ese medio si no se posee una organización anarquista general.
El único método que lleva a la solución del problema de la organización general es, en nuestra opinión, agrupar a los militantes activos del anarquismo sobre la base de posiciones precisas -teóricas, tácticas y organizativas-, es decir, sobre la base de un programa homogéneo.
La elaboración de ese programa es una de las principales tareas que impone a los anarquistas la lucha social de los últimos años. A ella consagra una buena parte de sus esfuerzos el grupo de anarquistas rusos.
La Plataforma de Organización aquí publicada representa las grandes líneas, el armazón del programa.
Deberá servir como primer paso hacia la unión de fuerzas libertarias en una sola colectividad revolucionaria activa, capaz de actuar: la Unión General de Anarquistas.
No nos hacemos ilusiones. Sin duda la Plataforma tiene, como cualquier proceso nuevo, una cierta importancia. Puede que se hayan omitido algunas posturas esenciales, o que otras no estén suficientemente tratadas, o que, por el contrario, otras estén excesivamente detalladas o repetidas. Todo ello puede ocurrir. Pero eso no es lo más importante. Lo que importa es establecer los fundamentos de una organización general, y ese es el objetivo logrado, al nivel necesario, por la Plataforma.
Corresponde a la colectividad entera -la Unión General de Anarquistas- ampliar, profundizar y más tarde realizar un programa definitivo para todo el movimiento anarquista.
Prevemos también que muchos representantes del llamado individualismo y del anarquismo caótico nos atacarán rabiosamente, y nos acusarán de haber ofendido los principios anarquistas.
No obstante, sabemos que los elementos individualistas y caóticos incluyen, bajo el epígrafe "principios libertarios" el "me da igual", la negligencia y la ausencia de toda responsabilidad, que causaron heridas casi incurables a nuestro movimiento, contra las que luchamos con todas nuestras fuerzas y toda nuestra pasión. Por eso podemos ignorar con toda tranquilidad los ataques procedentes de ese sector.
Basamos nuestras esperanzas en otros militantes: en los que, fieles al anarquismo, han vivido y sufrido la tragedia del movimiento anarquista, buscando dolorosamente una salida.
Y basamos también nuestras esperanzas en la juventud libertaria que, nacida bajo el aliento de la Revolución Rusa y centrada desde el principio en el círculo de las realidades concretas, exigirá la realización de los principios organizativos y constructivos del anarquismo.
Invitamos a todas las organizaciones anarquistas rusas dispersas en los diversos países del mundo, así como a los militantes aislados, a unirse en una sola colectividad revolucionaria sobre la base de una plataforma común de organización.
¡Que la Plataforma sirva de consigna revolucionaria y de punto de encuentro para todos los militantes del movimiento anarquista ruso!
¡Que pueda establecer los fundamentos de la Unión General de Anarquistas!
¡Viva la revolución social de los trabajadores del mundo!

París, 20 de junio de 1926

Grupo Dielo Truda




Parte general


1. La lucha de clases, su papel y su sentido
No hay una humanidad única. Hay una humanidad de clases: esclavos y amos.
Igual que las que la han precedido, la sociedad capitalista y burguesa de nuestro tiempo no es una. Está dividida en dos campos muy distintos, que se diferencian socialmente por su situación y su función: el proletariado (en el sentido propio del término) y la burguesía.
La suerte del proletariado es, desde hace siglos, llevar el peso de un trabajo físico penoso cuyos frutos no recibe él sino una clase privilegiada que detenta la propiedad, la autoridad y los productos de la cultura (ciencia, instrucción, etc.): la burguesía. La servidumbre social y la explotación de las masas trabajadoras constituyen la base sobre la que reposa la sociedad moderna, sin la que ésta no podría existir.
Este hecho engendra una lucha de clases secular, que adquiere tan pronto carácter violento como insensible y lento, pero siempre dirigida a la transformación de la sociedad actual en una sociedad que responda a las necesidades y concepción de la justicia de los trabajadores.
Toda la historia humana representa en lo social una cadena ininterrumpida de luchas de las masas trabajadoras en pro de sus derechos, su libertad y una vida mejor. Esta lucha de clases fue siempre el principal factor determinante de la forma y estructura de las sociedades.
El régimen social y político de un país es ante todo producto de la lucha de clases. La estructura de una sociedad cualquiera nos muestra el estado en que se detuvo y en el que se encuentra la lucha de clases. El menor cambio en el desarrollo de la batalla de las clases en la situación mutua de fuerzas de clase en lucha produce incesantemente modificaciones en los entramados y estructuras de la sociedad.
Ese es el alcance general y universal, y el sentido de la lucha de clases en la vida de las sociedades de clases.

2. La necesidad de una revolución social violenta
El principio de servidumbre y explotación de las masas por la violencia constituye la base de la sociedad moderna. Todas las manifestaciones de su existencia -la economía, la política, las relaciones sociales- descansan sobre la violencia de clase, cuyos órganos son la autoridad, la policía, el ejército, los tribunales. Todo en esta sociedad -cada empresa aislada igual que todo el sistema estatal- no es sino el bastión del capitalismo, que vigila constantemente a los trabajadores y tiene siempre preparadas las fuerzas destinadas a reprimir todo movimiento de los trabajadores que pueda amenazar los fundamentos o la tranquilidad de la sociedad actual.
Al mismo tiempo, el sistema de esta sociedad mantiene deliberadamente a las masas trabajadoras en un estado de ignorancia y de parálisis mental: impide por la fuerza la elevación de su nivel moral e intelectual para tener la razón con más facilidad.
Los progresos de la sociedad moderna, la evolución técnica del capital y el perfeccionamiento de su sistema político fortalecen el poder de las clases dominantes y dificultan más la lucha contra ellos, haciendo que se retrase el momento decisivo de la emancipación del trabajo.
El análisis de la sociedad moderna nos lleva a la conclusión de que sólo existe la vía de la revolución social violenta para transformar la sociedad capitalista en una sociedad de trabajadores libres.

3. El anarquismo y el comunismo libertario
La lucha de clases creada por la esclavitud de los trabajadores y sus aspiraciones a la libertad hizo nacer en los medios de los oprimidos la idea del anarquismo: la idea de la negación completa del sistema social basado en los principios de clases y del Estado, y su sustitución por una sociedad libre y sin Estado gestionada por los propios trabajadores.
El anarquismo no nació, pues, de las reflexiones abstractas de un sabio o de un filósofo, sino de la lucha directa de los trabajadores contra el capital, de las necesidades de éstos, de sus aspiraciones de libertad e igualdad, aspiraciones que se hacen especialmente intensas en las mejores épocas heroicas de la vida y de la lucha de las masas trabajadoras.
Los pensadores eminentes del anarquismo, Bakunin, Kropotkin y otros, no crearon la idea del anarquismo sino que, habiéndola encontrado en las masas, simplemente ayudaron, con la fuerza de su pensamiento y de sus conocimientos, a precisarla y a difundirla.
El anarquismo no es resultado de obras personales ni objeto de búsquedas individuales.
Del mismo modo, el anarquismo no es en absoluto producto de aspiraciones humanitarias. La humanidad "una" no existe. Todo intento de hacer del anarquismo atributo de toda la humanidad tal y como existe actualmente, de atribuirle un carácter generalmente humanitario, sería una mentira histórica y social que desembocaría irresolublemente en la justificación del orden actual y de una nueva explotación.
El anarquismo es generalmente humanitario sólo en el sentido de que los ideales de las masas trabajadoras tienden a hacer sana la vida de todos los hombres, y de que la suerte de la humanidad actual o del futuro está ligada a la del trabajo sojuzgado. Si las masas trabajadoras triunfan, toda la humanidad renacerá. Si no vencen, la violencia, la explotación, la esclavitud y la opresión reinarán como antaño en el mundo...
El nacimiento, desarrollo y realización de los ideales anarquistas tienen sus raíces en la vida y en la lucha de las masas trabajadoras y están inseparablemente ligados a la suerte de estas últimas.
El anarquismo aspira a transformar la actual sociedad burguesa y capitalista en una sociedad que asegure a los trabajadores el producto de su trabajo, la libertad, la independencia, la igualdad social y política. Esta otra sociedad será la del comunismo libertario. En él encuentran su plenitud la solidaridad social y la individualidad libre, y el desarrollo de éstas en perfecta armonía.
El comunismo libertario considera que el único creador de loa valores sociales es el trabajo, físico e intelectual, y en consecuencia sólo el trabajo puede dirigir la vida económica y social. Por eso no justifica ni admite de ningún modo la existencia de las clases no trabajadoras.
En tanto que estas clases subsistan al mismo tiempo que el comunismo libertario, éste no reconocerá deberes para con ellas. Hasta que las clases no trabajadoras no se hagan productivas y quieran vivir en la sociedad comunista en las mismas condiciones que las demás, no tendrán un puesto similar a los demás, es decir, a los miembros libres de la sociedad que disfrutan de los mismos derechos y tienen los mismos deberes.
El comunismo libertario aspira a la supresión de toda explotación y toda violencia, tanto contra el individuo como contra las masas. Con ese fin establece una base económica y social que unifica armónicamente toda la vida económica y social del país, asegura al individuo una situación igual a los demás y aporta a cada uno el máximo bienestar. Esta base es la puesta en común, bajo la forma de la socialización, de todos los medios e instrumentos de producción (industria, transportes, tierra, materias primas, etc.) y la edificación de organismos económicos sobre el principio de la igualdad y la autoadministración de las clases trabajadoras.
En los límites de esta sociedad autogestionada de trabajadores, el comunismo libertario establece el principio de la igualdad del valor y derechos del individuo (no del individualismo "en general", ni del "individualismo místico" o del concepto de individualismo, sino del individuo concreto).
De este principio de la igualdad, así como del que el valor del trabajo realizado por cada individuo no se puede medir, se desprende el principio económico, social y jurídico fundamental del comunismo libertario: "De cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades".

4. La negación de la democracia
La democracia es una de las formas de la sociedad capitalista y burguesa.
La base de la democracia es el sostenimiento de las dos clases antagonistas de la sociedad moderna: la del trabajo y la del capital, y su colaboración en el fundamento de la propiedad capitalista privada. La expresión de esta colaboración es el parlamento y el gobierno nacional representativo.
Formalmente, la democracia proclama la libertad de expresión, de prensa y de asociación, así como la igualdad de todos ante la ley.
En realidad, todas esas libertades tienen un carácter muy relativo: se toleran mientras no afecten a los intereses de la clase dominante, la burguesía.
La democracia mantiene intacto el principio de la propiedad capitalista privada. Por ella, permite a la burguesía el derecho de tener en sus manos toda la economía del país, toda la prensa, la enseñanza, la ciencia, el arte, lo que la hace dueña absoluta de todo el país. Al tener el monopolio de la vida económica, puede establecer su ilimitado poder también en el terreno político. En efecto, el gobierno representativo y el parlamento no son más que órganos ejecutivos de la burguesía en las democracias.
Por lo tanto, la democracia es sólo uno de los aspectos de la dictadura burguesa, oculta bajo fórmulas engañosas de libertades políticas y de garantías democráticas ficticias.

5. La negación de la autoridad
Los ideólogos de la burguesía definen el Estado como el órgano regulador de las complejas relaciones políticas civiles y sociales entre los hombres en el seno de la sociedad moderna, protegiendo el orden y las leyes de ésta. Los anarquistas están de acuerdo con esa definición, pero la completan afirmando que mediante ese orden y esas leyes se produce el sojuzgamiento de la gran mayoría del pueblo por una minoría insignificante, y que para eso precisamente sirve el Estado.
El Estado es, simultáneamente, la violencia organizada de la burguesía contra los trabajadores y el sistema de sus órganos ejecutivos.
Los socialistas de izquierdas y, en particular, los bolcheviques consideran también a la autoridad y al Estado burgués servidores del capital. Pero creen que la autoridad y el Estado pueden convertirse, en las manos de los partidos socialistas, en un poderoso medio en la lucha por la emancipación del proletariado. Por eso están a favor de una autoridad socialista y de un Estado proletariado. Unos quieren la conquista del poder por medios pacíficos, parlamentarios (los socialdemócratas); los otros por la vía revolucionaria (los bolcheviques, los socialistas revolucionarios de izquierda).
El anarquismo considera esas dos tesis profundamente erróneas, nefastas para la obra de la emancipación del trabajo.
La autoridad está siempre ligada a la explotación y el sometimiento de las masas populares. Nace de esa explotación: la autoridad sin violencia y sin explotación pierde su razón de ser.
El Estado y la Autoridad arrebatan a las masas su iniciativa, matan el espíritu creativo, cultivan en ellas la psicología servil de la sumisión, de la espera, de la esperanza de subir los escalones sociales, de la confianza ciega, de la ilusión de compartir la autoridad. La emancipación de los trabajadores sólo es posible en el proceso de la lucha revolucionaria directa de las masas trabajadoras y de sus organizaciones de clases contra el sistema capitalista.
La conquista del poder por los partidos socialdemócratas, por los medios parlamentarios, en las condiciones del orden actual, no hará avanzar ni un solo paso la emancipación del trabajo, por la sencilla razón de que el poder real seguirá en manos de los burgueses, que controlarán toda la economía y la política del país. El papel de la autoridad socialista se reducirá, en ese caso, a las reformas, a la mejora de ese mismo régimen burgués. (Ejemplos: Mac Donald, los partidos socialdemócratas de Alemania, Suecia y Bélgica llegados al poder en la sociedad capitalista.)
La toma del poder con la ayuda de un cambio social y de la organización de un "Estado proletario" no puede ya servir a la causa de la auténtica emancipación del trabajo.
El Estado, creado en primer lugar para la defensa de la revolución, termina finalmente estragado por las necesidades y características propias de sí mismo, convirtiéndose en el objetivo de castas específicas privilegiadas en las que se apoya: somete por la fuerza a las masas a sus necesidades y a las de esas castas privilegiadas, restableciendo así el fundamento de la Autoridad y del Estado capitalistas: el sometimiento y la explotación habituales de las masas por la violencia.

6. El papel de las masas y de los anarquistas en la lucha social y en la revolución social
La principales fuerzas de la revolución son la clase obrera de las ciudades, las masas campesinas y una parte de la intelligentsia trabajadora.
Nota: Aunque, al igual que el proletariado de las ciudades y el campo, es una clase oprimida y explotada, la intelligentsia trabajadora está relativamente más desunida que los obreros y los campesinos gracias a los privilegios económicos otorgados por la burguesía a algunos de sus elementos. Por eso, los primeros días de la revolución social, sólo las capas menos favorecidas de la intelligentsia tomarán parte activa.
La concepción anarquista del papel de las masas en la revolución social y en la construcción del socialismo difiere de la de los partidos pro Estado. Mientras que el bolchevismo y las corrientes que se le parecen consideran que la masa trabajadora no posee sino instintos revolucionarios destructivos y es incapaz de una actividad revolucionaria creadora y constructiva -razón principal por la que ésta debe concentrarse en las manos de los hombres que forman el gobierno del Estado o el Comité Central del Partido- los anarquistas piensan que la masa trabajadora, por el contrario, tiene enormes posibilidades de creación y construcción, y aspiran a suprimir los obstáculos que impidan su desarrollo.
Los anarquistas consideran precisamente al Estado como obstáculo principal, que usurpa todos los derechos de las masas al impedirles todas las funciones de la vida económica y social. El Estado debe perecer, no en un futuro sino de inmediato. Debe ser destruido por los trabajadores el primer día de su victoria, y no debe restablecerse de ninguna manera posible. Será sustituido por un sistema federalista de las organizaciones de producción y consumo de los trabajadores unidos federalmente y autogestionados. Este sistema excluye tanto la organización de la Autoridad como la dictadura de un partido.
La Revolución Rusa de 1917 muestra precisamente esa orientación del proceso de emancipación social en la creación de un sistema de soviets de obreros y campesinos, y de comités de fábrica. Su lamentable error fue no haber liquidado a su debido tiempo la organización del Poder del Estado del gobierno provisional primero y del poder bolchevique después. Los bolcheviques, aprovechándose de la confianza de los obreros y los campesinos, reorganizaron el estado burgués conforme a las circunstancias del momento y eliminaron, con la ayuda del Estado, la actividad creadora de las masas, aplastando el régimen libre de los soviets y de los comités de fábrica que habían representado los primeros pasos hacia la construcción de una sociedad no estatal, socialista.
La acción de los anarquistas se puede dividir en dos períodos: el de antes de la Revolución y el de durante la Revolución. En uno y en otro, pudieron los anarquistas cumplir su cometido sólo como fuerza organizada, con una clara concepción de los objetivos de su lucha y de las vías para la realización de esos objetivos.
La tarea fundamental de la Unión General de Anarquistas, en períodos revolucionarios, debe ser preparar a los obreros y campesinos para la revolución social.
Al negar la democracia formal (burguesía) y la autoridad del Estado y al proclamar la emancipación completa del trabajo, el anarquismo acentúa al máximo los principios rigurosos de la lucha de clases: despierta y desarrolla la conciencia de clase de las masas y la intransigencia revolucionaria de clase.
Es precisamente en el sentido de la intransigencia de clase, del antidemocratismo, del antiestatismo, de los ideales comunistas anarquistas, como debe hacerse la educación de masas. Pero la educación sola no basta. Es necesaria también una cierta organización anarquista de masas. Para lograrla hay que actuar en dos sentidos: por una parte, en el de la selección y unión de las fuerzas revolucionarias obreras y campesinas sobre una base teórica comunista libertaria; por otra, en el sentido de reagrupar a obreros y campesinos sobre una base económica de producción y consumo (organizaciones de producción de obreros y campesinos revolucionarios, cooperativas obreras y campesinas libres, etc.).
La clase obrera y campesina, organizada sobre la base de la producción y el consumo e imbuida de las ideas anarquistas revolucionarias, será el primer punto de apoyo de la revolución social. Cuanto más conscientes y organizados se hagan esos medios a la manera anarquista, mayor voluntad de intransigencia y de creación libertarias manifestarán en el momento de la revolución.
En cuanto a la clase obrera en Rusia, está claro que después de ocho años de dictadura bolchevique se demuestra la verdadera naturaleza del poder, que reprime las necesidades naturales de las masas y su actividad libre. Los militantes anarquistas organizados deben acudir inmediatamente, con todas sus fuerzas, al encuentro de esas necesidades y posibilidades, con el fin de no permitir que degeneren en reformismo (menchevismo). Con la misma urgencia, deberán los anarquistas aplicarse en organizar al campesinado pobre, aplastado por el poder del Estado, buscando una salida que encierre esas enormes posibilidades revolucionarias.
El papel de los anarquistas en el período revolucionario no puede limitarse a la sola propaganda de consignas y de las ideas libertarias.
Más que cualquier otra concepción, el anarquismo debe ser la concepción rectora de la revolución social porque sólo desde la base teórica del anarquismo podrá la revolución social conducir a la emancipación completa del trabajo.
La posición rectora de las ideas anarquistas en la revolución supone una orientación anarquista de los acontecimientos. No hay que confundir, sin embargo, esa fuerza teórica motriz con la dirección política del los partidos estatales que conduce finalmente al Poder del Estado.
El anarquismo no aspira ni a la conquista del poder político ni a la dictadura. Su aspiración principal es ayudar a las masas a seguir la vía auténtica de la revolución social y de la construcción socialista. Pero no basta con que las masas sigan la vía de la revolución social. Es necesario, además, mantener esa orientación de la revolución y esos objetivos: la supresión de la sociedad capitalista en nombre de los trabajadores libres. Como nos ha demostrado la experiencia de la revolución rusa de 1917, esta última tarea es difícil debido sobre todo a los numerosos partidos que tratan de orientar el movimiento en una dirección opuesta a la revolución social.
Aunque las masas expresan tendencias y consignas anarquistas en los movimientos sociales, éstas se hallan dispersas y desorganizadas por lo que no pueden desarrollar la fuerza motriz de las ideas libertarias que es necesaria para conservar la orientación y los objetivos anarquistas durante la revolución social. Esa fuerza motriz teórica sólo puede expresarse a través de un colectivo especialmente creado por las masas con ese fin. Los elementos anarquistas organizados constituyen precisamente ese colectivo.
Los deberes teóricos y prácticos de ese colectivo son considerables en el momento de la revolución. Deberá manifestar sus iniciativas y desarrollar una participación en todos los campos de la revolución social: el de la orientación y carácter general de la revolución, el de las tareas positivas de la revolución en la nueva producción, el de la guerra civil y la defensa de la revolución, del consumo, de la cuestión agraria, etc.
Sobre todas esas cuestiones, y sobre otras muchas, la masa exige a los anarquistas una respuesta clara y precisa. Y en el momento en que éstos preconicen una concepción de la revolución y de la estructura social, están obligados a dar una respuesta clara a todas las preguntas, a vincular la solución a los problemas con la concepción general del comunismo libertario y a consagrar todas sus fuerzas para su eficaz realización.
Sólo en ese caso, la Unión General de Anarquistas y el movimiento anarquista aseguran su función teórica motriz en la revolución social.

7. El período transitorio
Los partidos políticos socialistas entienden por "período transitorio" una fase determinada en la vida de un pueblo, cuyas características son: la ruptura con el antiguo orden de las cosas y la instauración de un nuevo sistema económico y político, sistema que, sin embargo, no representa todavía la emancipación completa de los trabajadores.
En este sentido, todos los programas mínimos de los partidos políticos socialistas, por ejemplo el programa democrático de los socialistas-oportunistas o el programa de la "dictadura del proletariado" de los comunistas, son programas del período transitorio.
La característica fundamental de esos programas mínimos es que todos ellos consideran imposible, por el momento, la realización completa de los ideales de los trabajadores, su independencia, su libertad, su igualdad y, en consecuencia, conservan toda una serie de instituciones del sistema capitalista: el principio de la presión estatal, la propiedad privada de los medios e instrumentos de producción, el salario, y muchas otras, según los fines a los que aluda tal o cual programa de uno u otro partido.
Los anarquistas siempre han sido enemigos desde el principio de programas semejantes, considerando que la construcción de sistemas transitorios que mantengan los principios de explotación y de presión de las masas lleva inevitablemente a un nuevo desarrollo de la esclavitud.
En lugar de establecer los programas políticos mínimos, los anarquistas han defendido siempre la idea de la revolución social inmediata, que prive a la clase capitalista de sus privilegios económicos y políticos, y devuelva los medios e instrumentos de producción, así como todas las funciones de la vida económica y social, a las manos de los trabajadores.
Esta posición la siguen manteniendo hoy los anarquistas.
La idea de un período transitorio, según la cual la revolución social debe conducir no a la sociedad comunista sino a un sistema equis, conservando los elementos y restos del sistema capitalista, es antisocial en su esencia. Amenaza con llevar al reforzamiento y desarrollo de esos elementos hasta sus dimensiones de antaño y con hacer retroceder los acontecimientos.
Un ejemplo claro es el régimen de "la dictadura del proletariado", establecido por los bolcheviques en Rusia.
Según ellos, el régimen no debía ser sino una etapa transitoria hacia el comunismo total. En realidad, esta etapa ha llevado a la restauración de la sociedad de clases, en el fondo de la cual se encuentran, como antes, los obreros y los campesinos pobres.
El centro de gravedad en la construcción de la sociedad comunista no consiste en la posibilidad de asegurar a cada individuo desde el primer día de la revolución la libertad ilimitada de poder satisfacer sus necesidades, sino que se afirma en el hecho de conquistar la base social de esa sociedad y establecer los principios de relaciones igualitarias entre los individuos. En cuanto a la cuestión de una abundancia de bienes más o menos grande, no se considera un principio sino un problema técnico.
El principio fundamental sobre el que se erigirá la nueva sociedad, en el que descansará ésta y no deberá restringirse de ninguna manera, es el de la igualdad de las relaciones, de la libertad y la independencia de los trabajadores. Así pues, ese principio representa justamente la exigencia primera fundamental de las masas en nombre de la cual se levantarán únicamente en pro de la revolución social.
De dos cosas, una: o la revolución social se termina con la derrota de los trabajadores, y en ese caso habrá que volver a prepararse para la lucha, para una nueva ofensiva contra el sistema capitalista; o bien conducirá a la victoria de los trabajadores, y en ese caso, éstos se apoderarán de los medios que les permitan autoadministrarse -de la tierra, de la producción y de las funciones sociales- llevando a la construcción de una sociedad libre.
Eso es lo que caracterizará el principio de la edificación de la sociedad comunista que, una vez comenzada, seguirá sin interrupción el curso de su desarrollo, fortaleciéndose y perfeccionándose sin parar.
De este modo, la conquista de las funciones productivas y sociales por los trabajadores trazará una línea de demarcación neta entre la época estatista y la no estatista.
Si quiere llegar a ser portavoz de las masas en lucha, la bandera de toda una época social revolucionaria, el anarquismo no debe asimilar su programa a lo que sobrevive del mundo caduco, a las tendencias oportunistas de los sistemas y períodos de transición, ni ocultar sus principios fundamentales, sino, muy al contrario, desarrollarlos y aplicarlos al máximo.

8. Anarquismo y sindicalismo
Consideramos artificial, privada de todo sentido y fundamento, la tendencia a oponer comunismo libertario al sindicalismo y viceversa.
Las nociones del anarquismo y del sindicalismo pertenecen a planos diferentes. Mientras que el comunismo, es decir, la sociedad libre de los trabajadores iguales, es el fin de la lucha anarquista, el sindicalismo, es decir, el movimiento obrero revolucionario, no es sino una de las formas de la lucha revolucionaria de clases. Uniendo a los obreros sobre la base de la producción, el sindicalismo revolucionario, como cualquier otra agrupación profesional, no tiene una teoría definida; no hay una concepción del mundo que responda a todas las cuestiones sociales y políticas de la realidad contemporánea. Refleja siempre la ideología de los diversos grupos políticos, de los que participan más intensamente.
Nuestra actitud ante el sindicalismo revolucionario se deduce de lo que hemos estado diciendo. Sin preocuparnos aquí de resolver por adelantado la cuestión del papel de los sindicatos revolucionarios del mañana de la revolución, es decir, sin preocuparnos de saber si serán los organizadores de toda la nueva producción, o si cederán el puesto a los soviets obreros o a los comités de fábrica, consideramos que los anarquistas deben participar en el sindicalismo revolucionario como una forma más del movimiento obrero revolucionario.
No obstante, la cuestión, tal y como se plantea hoy, no es saber si los anarquistas deben o no participar en el sindicalismo revolucionario sino mas bien cómo y de qué manera deben participar en él.
Consideramos todo el periodo transcurrido hasta nuestros días, durante el que los anarquistas participaban en el movimiento sindicalista revolucionario en calidad de militantes y de propagandistas individuales, como un período de relaciones artesanales con el movimiento obrero sindical.
El anarcosindicalismo, tratando de introducir con fuerza las ideas libertarias en el ala izquierda del sindicalismo revolucionario mediante la creación de sindicatos de tipo anarquista, representa un paso adelante; pero no supera todavía el método empírico. Porque el anarcosindicalismo no vincula necesariamente la obra de "anarquización" del movimiento sindicalista con la de la organización de las fuerzas anarquistas fuera del movimiento. Así, no es sino con la condición de tal vinculación como es posible "anarquizar" el sindicalismo revolucionario e impedirle desviarse hacia el oportunismo y el reformismo.
Considerando el sindicalismo revolucionario únicamente como un movimiento profesional de trabajadores que no tienen una teoría social ni política determinada y, en consecuencia, incapaz de resolver por sí mismo la cuestión social, consideramos que la tarea de los anarquistas en ese movimiento consiste en desarrollar las ideas libertarias, en orientarlo en un sentido libertario con el fin de transformarlo en un instrumento activo de la revolución social. Es importante no olvidar jamás que si el sindicalismo no encuentra apoyo en la teoría anarquista, se apoyará entonces, de buen o mal grado, en la ideología de un partido político estatista.
El sindicalismo francés, que ha destacado siempre por sus consignas y sus tácticas anarquistas, ha caído enseguida bajo la influencia de los bolcheviques por una parte, y, sobre todo, de los socialistas oportunistas, por otra.
Pero la tarea de los anarquistas en las filas del movimiento obrero revolucionario no podrá cumplirse si no es a condición de que su obra esté estrechamente relacionada y conciliada con la actividad de la organización anarquista que se encuentra fuera del sindicato. Dicho de otro modo, debemos entrar en el movimiento obrero revolucionario como una fuerza organizada, responsable del trabajo realizado en los sindicatos ante la organización anarquista general, y orientada por ésta última.
Sin limitarnos a la creación de sindicatos anarquistas, debemos tratar de ejercer nuestra influencia ideológica sobre el sindicalismo revolucionario, por completo y en todas sus formas (los I.W.W., las uniones profesionales rusas, etc...). Ese objetivo no podremos alcanzarlo si no nos ponemos a ello como colectivo anarquista rigurosamente organizado, pero en ningún caso en pequeños grupos empíricos sin vínculos organizativos ni convergencia teórica.
Agrupaciones anarquistas en las empresas y en las fábricas, preocupados por la creación de sindicatos anarquistas, luchando en los sindicatos revolucionarios por la preponderancia de las ideas libertarias en el sindicalismo, agrupaciones orientadas en su acción por una organización anarquista general: ese es el sentido y las formas de la actitud de los anarquistas ante el sindicalismo revolucionario y los movimientos obreros revolucionarios que a él se vinculan.


Parte constructiva


El problema del primer día de la revolución
El fin fundamental del mundo del trabajo en lucha es la fundación, por medio de la revolución, de una sociedad comunista libre, igualitaria, basada en el principio: "De cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades".
No obstante, esta sociedad no se logrará por sí sola, únicamente por la fuerza de la agitación social. Su realización de presentará como un proceso social-revolucionario más o menos prolongado, orientado por las fuerzas organizadas del trabajo victorioso sobre una determinada vía.
Nuestra tarea es indicar de ahora en adelante esa vía, formular los problemas positivos y concretos que se plantearán a los trabajadores desde el primer día de la revolución social. La suerte de esta última dependerá de su adecuada solución.
Es evidente que la construcción de la nueva sociedad no será posible hasta después de la victoria de los trabajadores sobre el sistema actual capitalista y burgués, y sobre sus representantes. Es imposible comenzar la construcción de una nueva economía y de nuevas relaciones sociales mientras el poder del Estado, que defiende el régimen de esclavitud, no se resquebraje, mientras que los obreros y campesinos no tengan en sus manos, en el régimen revolucionario, la economía industrial y agraria de su país.
En consecuencia, la primera tarea de la revolución social es destruir el edificio estatal de la sociedad capitalista, privar a la burguesía y, en general, a todos los elementos socialmente privilegiados, de los medios de poder y establecer en todas partes la voluntad del proletariado revolucionario, expresada en los principios fundamentales de la revolución social. Este aspecto destructivo y combativo de la revolución no hará sino desbrozar el camino hacia las tareas positivas que constituyen el sentido y la esencia de la revolución social. Estas tareas son las siguientes:
1) La solución, en sentido comunista libertario, del problema de la producción industrial del país.
2) La solución, en el mismo sentido, del problema agrario.
3) La solución del problema del aprovisionamiento.

La producción
Teniendo en cuenta el hecho de que la industria del país es el resultado de los esfuerzos de varias generaciones de trabajadores, y que las diferentes ramas de la industria están estrechamente ligadas entre sí, consideramos toda la producción actual como un solo taller de productores, que pertenece por completo a todos los trabajadores en su conjunto, y a nadie en particular.
El mecanismo productivo del país es global y pertenece a toda la clase obrera. Esta tesis determina el carácter y la forma de la nueva producción. Esta será también global, común en el sentido de que los productos realizados por los trabajadores pertenecerán a todos. Estos productos, cualquiera que sea su categoría, constituirán el fondo general de aprovisionamiento de los trabajadores, en el que todo el que participe en la nueva producción recibirá lo que necesite, sobre una base igual para todos.
El nuevo sistema de producción suprimirá por completo el salario y la explotación en todas sus formas, y establecerá en su lugar el principio de la colaboración fraternal y solidaria de los trabajadores.
La clase media que, en la sociedad capitalista moderna, ejerce funciones de intermediaria e improductivas -el comercio y otras- al igual que la burguesía, deberán tomar parte en la nueva producción, en las mismas condiciones que los demás trabajadores. En el caso contrario, estas clases se colocarán ellas mismas al margen de la sociedad trabajadora.
No habrá patronos, ya sean empresarios, propietarios o el Estado-propietario (como es el caso de hoy en el Estado de los bolcheviques). Las funciones de organización pasarán a unos órganos administrativos creados especialmente a tal efecto por las clases obreras: soviets obreros, comités de fábrica o administraciones obreras de empresa y de fábrica. Estos órganos, relacionados entre sí territorialmente, formarán instituciones municipales, de distrito y, por último, generales y federales de gestión de la producción. Designados por la masa y constantemente bajo su control e influencia, estos órganos serán renovados constantemente y realizarán así la idea de la autogestión auténtica de las masas.
Una producción unificada, cuyos medios y productos pertenecerán a todos, tras haber sustituido el salario por el principio de la colaboración fraternal y haber establecido la igualdad de derechos para todos los productores, con una producción organizada por los órganos de gestión obrera, elegidos por las masas: ese es el primer paso práctico en la vía de la realización del comunismo libertario.

El consumo
Este problema surgirá en la revolución en un doble aspecto:
1) El principio de la búsqueda de los bienes de consumo
2) El principio de su reparto.
En lo que se refiere al reparto de los bienes de consumo, las soluciones dependerán sobre todo de la cantidad de productos disponibles, del principio de la conformidad al objetivo, etc.
La revolución social, encargada de la reconstrucción de todo el orden social actual, asume la obligación de ocuparse de las necesidades vitales de todos. La única excepción es el grupo de los no trabajadores, los que rechazan tomar parte en la nueva producción por motivos contrarrevolucionarios. Pero, en general, y con la excepción de esta última categoría, la satisfacción de las necesidades de toda la población de la revolución social está asegurada por la reserva de los bienes de consumo general. En caso de que la cantidad de productos sea insuficiente, se repartirá según el principio de la mayor urgencia: en primer lugar los niños, los enfermos y las familias obreras.
Un problema más difícil será el de la organización de los fondos de consumo.
Sin duda, los primeros días de la revolución, las ciudades no dispondrán de todos los productos indispensables. Al mismo tiempo, los campesinos tendrán en abundancia los productos de los que carecerán las ciudades.
Los comunistas libertarios no pueden dudar sobre el carácter mutuo de las relaciones entre la ciudad y el campo. Consideran que la revolución social no puede realizarse sin los esfuerzos comunes de obreros y campesinos. En consecuencia, la solución del problema del consumo en la revolución social no será posible sin la colaboración revolucionaria estrecha de esas dos categorías de trabajadores.
Para establecer esta colaboración, la clase obrera de las ciudades, con la producción en sus manos, deberá inmediatamente pensar en las necesidades vitales del campo y tratar de proporcionar los productos de consumo cotidianos, los medios e instrumentos para el cultivo agrícola colectivo. Las medidas de solidaridad manifestadas por los obreros respecto a las necesidades de los campesinos provocarán el mismo gesto entre éstos que, en contrapartida, proporcionarán colectivamente a las ciudades los productos de su trabajo rural, el primero de los cuales es el alimento.
Cooperativas obreras y campesinas serán los primeros órganos que cubrirán las necesidades de alimentación y aprovisionamiento económico de las ciudades y los campos. Encargadas más tarde de funciones más importantes y más constantes, especialmente suministrar todo lo necesario para asegurar y desarrollar la vida económica y social de los obreros y campesinos, estas cooperativas se transformarán en órganos permanentes de aprovisionamiento de las ciudades y el campo.
Esta solución del problema del aprovisionamiento permitirá al proletariado crear un fondo de aprovisionamiento permanente, lo que repercutirá de manera favorable y decisiva en toda la nueva producción.

La tierra
Consideramos como principales fuerzas revolucionarias y creadoras en la solución de la cuestión agraria a los campesinos-trabajadores, aquellos que no explotan el trabajo de otros, y al proletariado asalariado del campo. Su tarea será llevar a cabo la nueva organización de las tierras con el fin de establecer la utilización y la explotación de la tierra sobre los principios comunistas.
Al igual que la industria, la tierra, explotada y cultivada por generaciones sucesivas de trabajadores, es el producto de sus esfuerzos comunes. Pertenece también a todo el pueblo trabajador en su conjunto y a nadie en particular. Como propiedad común, es inalienable; la tierra no puede ser ya objeto de compra, venta o arrendamiento; no puede ya servir de medio de explotación del trabajo de otros.
La tierra es también una especie de taller popular común en el que el mundo de los trabajadores produce los medios para vivir. Pero es un tipo de taller en el que cada trabajador (campesino) ha tomado la costumbre, gracias a ciertas condiciones históricas, de realizar el trabajo por sí mismo, e independientemente de otros productores. Mientras que, en la industria, el método colectivo de trabajo es esencialmente necesario y el único posible, en la agricultura no lo es en la actualidad. La mayor parte de los campesinos cultivan la tierra por sus propios medios.
Por lo tanto, cuando las tierras y los medios para su explotación pasen a los campesinos, sin posibilidad de venta ni de arrendamiento, la cuestión de las formas de su usufructo y de los medios de su explotación (comunalmente o en familia) no hallará de inmediato una solución completa y definitiva, como sucederá en la industria. Los primeros tiempos se echará mano, muy probablemente, a un medio y otro.
Serán los campesinos revolucionarios los que establecerán la forma definitiva de explotación y de usufructo de la tierra. No es posible ninguna presión desde fuera sobre esta cuestión.
No obstante, puesto que consideramos que sólo la sociedad comunista, en nombre de la cual se habrá hecho la revolución social, libera a los trabajadores de su situación de esclavos y de explotados, y les da una libertad completa y la igualdad, puesto que los campesinos constituyen la mayoría aplastante de la población (alrededor del 85% en Rusia) y que, por tanto, el régimen agrario establecido por los campesinos será el factor decisivo en los destinos de la revolución, y puesto que, por último, la economía privada en la agricultura conduce, lo mismo que la industria privada, al comercio, la acumulación, la propiedad privada y la restauración del capital, nuestro deber será hacer, desde el principio, todo lo necesario para facilitar la solución a la cuestión agraria en un sentido colectivo.
Con ese objetivo, debemos desde ahora llevar a los campesinos una fuerte propaganda en favor de la economía agraria colectiva.
La fundación de una Unión específica de campesinos con tendencia libertaria facilitará considerablemente esta labor.
En este sentido, el progreso técnico va a tener una importancia enorme, facilitando la evolución de la agricultura, y también la realización del comunismo en las ciudades, sobre todo en la industria. Si, en sus relaciones con los campesinos, los obreros no van a actuar individualmente o por grupos separados, sino como un inmenso colectivo comunista, abarcando ramas enteras de la industria, si piensan además en las necesidades vitales del campo y suministran a todos tanto los objetos de uso cotidiano como los instrumentos y máquinas para la explotación colectiva de la tierra, eso impulsará con certeza a los campesinos hacia el comunismo en la agricultura.

La defensa de la revolución
La cuestión de la defensa de la revolución se relaciona también con el problema del "primer día". En el fondo, el medio más poderoso de defensa de la revolución es la feliz solución de sus problemas positivos: la producción, el consumo y la tierra. Una vez resueltos esos problemas de una manera justa, ninguna fuerza contrarrevolucionaria podrá hacer cambiar o vacilar el régimen libre de los trabajadores. No obstante, los trabajadores tendrán que sufrir, a pesar de todo, una lucha severa contra los enemigos de la revolución, con el fin de defender y mantener su existencia concreta.
La revolución social, que amenaza los privilegios y la existencia misma de las clases no trabajadoras de la sociedad actual, provocará inevitablemente, por parte de estas clases, una resistencia desesperada que tomará el cariz de una guerra civil encarnizada.
Como la experiencia rusa ha demostrado, una guerra civil así será cosa de varios años, y no de varios meses.
Por muy felices que sean los primeros pasos de los trabajadores al principio de la revolución, las clases dominantes conservarán por bastante tiempo una enorme capacidad de resistencia. Durante varios años, desarrollarán ofensivas contra la revolución, tratando de reconquistar el poder y los privilegios de los que se les ha privado.
Un ejército numeroso, la técnica y la estrategia militares, el capital... todo se lanzará contra los trabajadores victoriosos.
Con el fin de conservar las conquistas de la revolución, estos últimos deberán crear los órganos de defensa de la revolución para oponer a la ofensiva de la reacción una fuerza combativa, correspondiente a la altura de su tarea. Los primeros días de la revolución, esta fuerza combativa estará formada por todos los obreros y campesinos armados. Pero, esta fuerza armada espontánea no será válida más que los primeros días, cuando la guerra civil no haya alcanzado aún su punto culminante y las dos partes en lucha no hayan creado todavía organizaciones militares regularmente constituidas.
En la revolución social, el momento más crítico no es el de la supresión de la autoridad, sino el siguiente: aquel en que las fuerzas del régimen abatido desarrollan una ofensiva general contra los trabajadores y en el que se trata de salvaguardar las conquistas alcanzadas.
El propio carácter de esta ofensiva, así como la técnica de desarrollo de la guerra civil, obligarán a los trabajadores a crear unos contingentes revolucionarios determinados. La esencia y principios fundamentales de estas formaciones deben ser determinadas previamente. Negando los métodos estatistas y autoritarios de gobierno de las masas, negamos por eso mismo el medio estatista de organizar la fuerza militar de los trabajadores, o dicho de otra manera, el principio de un ejército estatal basado en el servicio militar obligatorio. Es el principio del voluntariado, de acuerdo con las posiciones fundamentales del comunismo libertario, el que debe ponerse en la base de las formaciones militares de los trabajadores. Los destacamentos de guerrilleros insurgentes, obreros y campesinos, que llevaron la acción en la revolución rusa, pueden citarse como ejemplo de tales formaciones.
Sin embargo, no hay que ver el voluntariado y la acción de los guerrilleros en el sentido estricto de esos términos, es decir, como una lucha de los destacamentos obreros y campesinos contra el enemigo local, no coordinados entre sí por un plan operativo general y actuando cada uno bajo su propia responsabilidad, asumiendo sus propios riesgos y peligros. La acción y la táctica de los guerrilleros deberán orientarse, en el período de su desarrollo completo, según una estrategia revolucionaria común.
Semejante a cualquier otra guerra, la guerra civil no podría desarrollarse con éxito por los trabajadores si no aplican los dos principios fundamentales de toda acción militar: la unidad del plan de operaciones y la unidad de un mando común. El momento más crítico de la revolución será aquel en que la burguesía marche contra la revolución con fuerzas organizadas. Ese momento crítico obligará a los trabajadores a recurrir a los principios de la estrategia militar.
De este modo, vistas las necesidades de la estrategia militar, y también de la estrategia de la contrarrevolución, las fuerzas armadas de la revolución deberán fundirse inevitablemente en un ejército revolucionario general con un mando común y un plan de operaciones también común.
Los siguientes principios serán la base de este ejército:
a) El carácter de clase del ejército
b) El voluntariado (toda obligación será excluida de forma absoluta de la obra de la defensa revolucionaria)
c) La disciplina libre (auto-disciplina) revolucionaria: el voluntariado y la autodisciplina revolucionaria se armonizarán por completo y harán al ejército de la revolución moralmente más fuerte que cualquier otro ejército del Estado.
d) La sumisión absoluta del ejército revolucionario a las masas obreras y campesinas, en la persona de organismos obreros y campesinos comunes para todo el país, situados por las masas en los puestos directivos de la vida económica y social.
Dicho de otro modo: el órgano de la defensa de la revolución encargado de combatir la contrarrevolución, tanto mediante frentes militares abiertos como desde la guerra civil interna (los complots de la burguesía, los preparativos de las acciones contrarrevolucionarias, etc) será asunto de las organizaciones productoras obreras y campesinas, a las que se someterá y por las que se orientará políticamente.
Nota: Antes de constituirse conforme a principios comunistas libertarios determinados, el ejército en sí no debe considerarse como un elemento fundamental. No es sino la consecuencia de la estrategia militar de la revolución, una medida estratégica a la que serán fatalmente conducidos los trabajadores por el proceso mismo de la guerra civil. Pero esta medida debe atraer la atención desde el principio. Debe ser cuidadosamente estudiada con el fin de evitar, en su obra de protección y defensa de la revolución, todo retraso irreparable, pues los retrasos en los días de la guerra civil podrán resultar nefastos para el desenlace toda revolución social.


Parte organizativa


Los principios de la organización anarquista
Las posiciones generales constructivas expresadas más arriba constituyen la plataforma de organización de las fuerzas revolucionarias del anarquismo.
Esta plataforma, con una orientación teórica y táctica determinada, aparece como el mínimo necesario para reunir con urgencia a todos los militantes del movimiento anarquista organizado.
Su tarea es agrupar en torno a sí todos los elementos sanos del movimiento anarquista en una sola organización general, activa y permanente: la Unión General de Anarquistas. Las fuerzas de todos los militantes activos del anarquismo deberán orientarse hacia la creación de esta organización.
Los principios fundamentales de organización de una Unión General de Anarquistas deberán ser los siguientes:

1. La unidad teórica
La teoría representa la fuerza que dirige la actividad de las personas y las organizaciones por una vía definida y con un objetivo determinado. Naturalmente, debe ser común a todas las personas y a todas las organizaciones adheridas a la Unión General de Anarquistas. Toda la actividad de ésta, tanto en su carácter general como particular, debe estar en concordancia perfecta y constante con los principios teóricos profesados por la Unión.

2. La unidad táctica o método colectivo de acción
Los métodos tácticos empleados por los miembros separados o los grupos de la Unión deber ser igualmente unitarios, es decir, deben encontrarse en rigurosa concordancia tanto entre ellos como con la teoría y la táctica generales de la Unión.
Una línea táctica común en el movimiento tiene una importancia decisiva para la existencia de la organización y de todo el movimiento: lo libera del efecto nefasto de varias tácticas que se neutralizan mutuamente, concentra todas las fuerzas del movimiento, le hace tomar una dirección común hacia un objetivo determinado.

3. La responsabilidad colectiva
La práctica consistente en actuar bajo la responsabilidad personal debe ser condenada firmemente y rechazada en las filas del movimiento anarquista.
Los terrenos de la vida revolucionaria social y política son ante todo profundamente colectivos por su naturaleza. La actividad social revolucionaria no puede fundarse en esos terrenos sobre una responsabilidad personal de militantes aislados.
El órgano ejecutivo del movimiento anarquista general -la Unión Anarquista- al dirigirse de manera decisiva contra la táctica del individualismo irresponsable, introduce en sus filas el principio de la responsabilidad colectiva: la Unión entera será responsable de la actividad revolucionaria y política de cada miembro; del mismo modo, cada miembro será responsable de la actividad revolucionaria y política de toda la Unión.

4. El federalismo
El anarquismo ha negado siempre la organización centralizada, tanto en el terreno de la vida social como en el de su acción política. El sistema de centralización tiende a aminorar el espíritu crítico, de iniciativa e independencia de cada individuo, y a la sumisión ciega al "centro" de las grandes masas. Las consecuencias naturales e inevitables de este sistema son la servidumbre y la mecanización de la vida social y de la vida de partidos.
Frente al centralismo, el anarquismo ha profesado y defendido siempre el principio del federalismo, que concilia la independencia y la iniciativa del individuo o de la organización con el servicio de la causa común.
Conciliando la idea de la independencia y de la plenitud de derechos de cada individuo con el servicio de las necesidades sociales, el federalismo abre las puertas a toda manifestación sana de las facultades de cada individualidad.
Pero con cierta frecuencia, el principio federalista se ha deformado en las filas anarquistas: se concibió demasiado frecuentemente con el derecho a manifestar sobre todo el "ego", sin la obligación de tener en cuenta los deberes de la organización. Esta falsa interpretación desorganizó nuestro movimiento en el pasado. Ya es hora de ponerle fin de manera irreversible.
El federalismo significa el libre entendimiento de individuos y organizaciones para un trabajo colectivo orientado hacia un objetivo común. Tal entendimiento y la unión federativa consecuente se convierten en realidades, en lugar de ser ficciones e ilusiones, con la condición sine que non de que todos los participantes cumplan de la manera más completa con los deberes aceptados y se conformen con las decisiones tomadas en común.
En una obra social tan amplia como sea la base federalista sobre la que se asienta, no puede haber derechos sin obligaciones, como no puede haber decisiones sin su ejecución. Es menos admisible en una organización anarquista, que asume exclusivamente las obligaciones de los trabajadores y su revolución social.
Por lo tanto, el tipo federalista de organización anarquista, reconociendo a cada miembro de la organización el derecho a la independencia, a la opinión libre, a la iniciativa y a la libertad individual, asigna a cada uno deberes organizativos determinados, exigiéndole su rigurosa ejecución, así como la ejecución de las decisiones tomadas en común.
La idea de la Unión General Anarquista plantea el problema de la coordinación y el acuerdo de las actividades de todas las fuerzas del movimiento anarquista. Cada organización adherida a la Unión representa una célula vital que forma parte del organismo común. Cada célula tendrá su secretariado, que ejecutará y orientará teóricamente su propio trabajo político y técnico.
Con vistas a la coordinación de la actividad de todas las organizaciones adheridas a la Unión, se creará un órgano especial: el Comité Ejecutivo de la Unión. A su cargo estarán las siguientes funciones: ejecución de las decisiones tomadas por la Unión, orientación teórica y organizativa de la actividad de las organizaciones aisladas conforme a las opciones teóricas y a la línea táctica general de la Unión, expresión clara del estado general del movimiento, mantenimiento de los vínculos de trabajo y organización de todas las asociaciones de la Unión y con otras organizaciones. Los derechos, obligaciones y tareas prácticas del Comité Ejecutivo serán fijados por el Congreso de la Unión.
La Unión General de Anarquistas tiene un fin determinado y concreto. En nombre del éxito de la revolución social, debe ante todo descansar en los elementos más revolucionarios y más radicales entre los campesinos y obreros.
Asumiendo la revolución social, y siendo además una organización antiautoritaria, que aspira a la abolición de la sociedad de clases desde este momento, la Unión General de Anarquistas se basa de manera igual en las dos clases fundamentales de la sociedad actual: los obreros y los campesinos. Servirá del mismo modo a la emancipación de ambas clases.
En lo que concierne a las organizaciones profesionales obreras y revolucionarias de las ciudades, la Unión General de Anarquistas deberá intensificar sus esfuerzos con el fin de convertirse en su pionera y guía teórica. Se traza la misma tarea con la masa campesina explotada. Como puntos de apoyo, desempeñando el mismo papel que los sindicatos profesionales revolucionarios de obreros, la Unión se esforzará por llevar a cabo una red de organizaciones económicas campesinas revolucionarias y, además, una Unión campesina específica, fundada en principios antiautoritarios.
Fruto del núcleo de las masas trabajadoras, la Unión General de Anarquistas debe tomar parte en todas las manifestaciones de la vida, aportando siempre el espíritu de organización, de perseverancia, de actividad y de ofensiva. Sólo en ese caso podrá cumplir su tarea, su misión teórica e histórica en la revolución social de los trabajadores, y llegar a ser la iniciativa organizada de su proceso emancipador.

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